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por Chema Álvarez


Hay hombres que desnudan a las mujeres con las miradas.

Se ve a diario, en todo momento, a pie de calle o en el curro, sin que la impunidad del gesto aconseje recato o discreción. Son miradas consentidas, incluso halagadas y aplaudidas cuando parten de la jauría de grupo, envalentonadas por el beneplácito de la masa aborregada, carneril, embrutecida y crecida frente a la indefensión de quien, más que observada, es violada a golpe de vista.

Se lleva en la sangre, y la sangre, ya se sabe, tira mucho.

Entre esas miradas y el asesinato de mujeres a manos de hombres encabronados hay un largo recorrido, pero que va por un solo camino y es rápido a la vez que tortuoso.

Es un camino que a veces se obvia, porque entre las causas y las consecuencias de tanto asesinato solo se nos explican las últimas, las consecuencias, la noticia que retumba como eco de un nuevo crimen a manos de un novio celoso, un marido despechado, un ex contrariado o, simplemente, un verdugo desconocido que el destino un mal día puso en el camino de su víctima, ajena a la mala fortuna que la esperaba a la vuelta de la esquina.

Defenestradas, degolladas, apaleadas, lapidadas, estranguladas, quemadas, atropelladas, acuchilladas, envenenadas…, agotadas las muy diversas formas del asesinato se adoptan nuevas e imaginativas maneras para provocar el sufrimiento.

Desde la humillación hasta el asesinato de hijos e hijas, pasando por la agresión en sus múltiples variantes, la anulación de la propia identidad o el miedo, que es uno de los peores instrumentos de tortura, sobre todo cuando se vive (se muere) en silencio.

No existe violencia de género, sino violencia machista. Hay partidos políticos que niegan tanto una como otra… y hay gente que vota a tales partidos. Mientras tanto, la administración política, el Gobierno, idea leyes de supuesta protección que no van más
allá del carácter punitivo, necesario, pero insuficiente.

Muchos y muchas de quienes nos gobiernan, como muchos y muchas de quienes nos educan, minimizan el problema, lo encasillan en otro de los cajones de las lacras de nuestra sociedad e idean parches decorativos que quedan muy bien a la hora de los discursos grandilocuentes o los minutos de silencio en los entierros.

Se les ve en el gesto, cuando condenan con grandes aspavientos los asesinatos al tiempo que ridiculizan iniciativas como las de hablar en masculino y femenino, criticar la publicidad sexista o cuestionar religiones (todas ellas) donde la mujer no es más que la hembra de una especie creada para beneficio, disfrute y servicio del macho de la misma.

Se necesita una catarsis, una revolución en toda regla que haga arder en la hoguera donde se consumen las vergüenzas humanas instituciones, modelos sociales y relatos donde una mitad no solo goza de mayores privilegios que la otra, sino donde esa “otra” responde al principio de que “no hay mayor discriminación que educar para la igualdad a quien ha sido socializada para la diferencia”.

Esa revolución se llama Feminismo. Lo fue ayer y lo sigue siendo hoy, sumida ahora en una batalla contra quienes quieren domesticar su afán revolucionario, desbrozar los campos donde crece salvaje la libertad de las mujeres, incluirlas en el mundo proyectado por los otros, cuya derrota arrastra siglos de masculinidad y donde se reivindica únicamente la igualdad política, no filosófica.

Necesitamos cambiar el mundo, no arreglarlo, porque el hoy ha de ser feminista, sobre todo mientras aún haya miradas que matan.

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