«Periodismo que apesta»

opinion
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por Chema Álvarez


Si a usted, a la hora de salir a la calle, le invade un terrible desasosiego, una inquietud paralizante, un incontrolado temor, no lo dude, sufre del mal de nuestros tiempos, que no es más que aquel que le dicta no su conciencia o su libre albedrío, sino cualquiera de las
muy pésimas, aburridas y maliciosas cadenas televisivas, periodicuchos de tres al cuarto o emisoras de radio, por no citar ese mundo paralelo de las llamadas redes sociales donde cada cual trata de aparentar lo que no es, evidencia lo que ya es y critica lo que a otros u
otras les gustaría ser.

Es el mal de la mentira, de la falsa noticia, del culebrón orquestado con intención de beneficiar a unos cuantos a costa de la ignorancia de muchos. Un virus que ha hecho de la labor de la prensa más bien una labor de propaganda, un apestoso cubo de basura donde depositar rumores, cotilleos y un confuso ruido al que algunos llaman periodismo.

Las noticias se convierten en chismes alarmistas, la información en desinformación, la tertulia en un ejercicio de imbecilidad supina, sustentado en la invención y la necedad, que es la cualidad de quien no sabe lo que podía o debía saber. Todo ello aderezado con un producto seudocultural repartido a granel a través de las programaciones televisivas, con espacios donde se certifica el guirigay humano de los comparecientes y la casquería de los temas tratados, entre infidelidades, estupros, violaciones, asesinatos y ocupación del hogar en el intervalo en que uno o una baja a tirar la basura.

Hacen de la noticia un perverso espectáculo, en el que presentan con escándalo las consecuencias sin analizar o denunciar las causas, como sucede en el tema de la violencia machista, mientras emiten anuncios y programas que aplauden y magnifican actitudes misóginas, racistas y clasistas, tratando de inculcar en la ciudadanía un anhelo de falsa clase media: no se es nada si no se admira una vida de famoseo, ricachones y analfabetos influencers, aunque el día a día pase por la precariedad laboral, el endeudamiento constante y la incertidumbre del mañana, cuyo interés queda relegado a lo secundario.

Esta cátedra de Goebbels cuenta cada vez con más alumnos y alumnas aventajados. Sus máximas rigen el código deontológico de quienes tienen la obligación y responsabilidad de destapar la caja de Pandora, después de que alguien robara la esperanza. Junto a un pésimo ejercicio gramatical u oratorio, que siembra escuela entre políticos malhablantes, destaca la entrega y sumisa rendición a los pies de quien paga la tinta con que escriben.

Lo que importa ahora es la carnaza, vilipendiar a quien tiene la mala suerte de cruzarse con un mal asunto, sin contrastar las fuentes, sin dar voz a todas las partes implicadas, sin investigar los hechos, detalles que le restan morbo y procacidad a la noticia.

Se prodigan las anarrosa, los ferreras, las griso, los vallés, los herrera… y una amplia nómina de conductores -tanto del carril izquierdo como derecho- embriagados de verdadera bazofia desinformativa, esbirros de quien tiene la pela, idóneos sicarios de las conspiraciones, periodistas vendidos y periodistas comprados, complacientes con la autocensura y la censura ajena, junto a un amplio elenco de advenedizos, segundones, aficionados, que tienen a esos paletos de la prensa como ejemplo y esperan en la cola de los pinitos para hacer lo mismo, venderse no ya al mejor postor, sino a cualquiera que ofrezca una recompensa, una oportunidad, un minuto de gloria.

Como dijo Marx (Groucho), partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria.