
por Rut GG
Paco de Lucía, Al Di Meola y John McLaughlin (mientras escribo)
¿Y si las matemáticas se enseñaran con flamenco?
He empezado escuchando a Paco de Lucía, Al Di Meola y John McLaughlin. Y de repente, mientras escribía, pensé: “¡Coño, pero voy a escuchar a Dantas!”. Así empezó todo.
El artículo se desarrolla a paso de bulería, con sabor a Capricho Español. Uy sí, muy bueno.
Una entrevista enriquecedora, eso sí, para quienes hemos tenido el privilegio de escucharla. En resumen, matemáticas y cotilleo.

Mientras Rubem Dantas —percusionista brasileño, alma libre y genio de la fusión— hablaba de los números en la Puerta Lateral del Teatro Nuevo Calderón en Montijo, pensé, si el sistema lo entendiera, la educación funcionaría de otra manera.

El sistema educativo reserva una o dos horas a la música cada semana. En cambio, las matemáticas ocupan espacio a diario, como si fueran las únicas capaces de formar pensamiento.
Una hora de música, cinco de matemáticas. No se trata de quitarle espacio a los números, sino de dejar que el ritmo también enseñe. Porque hay oídos hechos para tocar ecuaciones.
Dantas habló de muchas cosas. Pero entre líneas, soltó una verdad que sonó como un golpe de cajón, para tener cultura, primero hay que atreverse a ser ignorante. Y quienes ya la tienen, deben aprender a entender el código —es decir, abrir la mente a formas de expresión que no siempre vienen empaquetadas en lo académico o lo institucional— para poder aceptarla.

Esta frase me atraviesa –Para tener cultura, primero hay que atreverse a ser ignorante– porque yo también pasé por ahí. Hasta los 23, Camarón me sonaba, lo había oído mil veces, pero no lo había sentido de verdad.
Nadie me lo explicó.
No sonaba en la escuela…
Y así es como nos vamos perdiendo saberes esenciales para entender la vida, nos enseñan matemáticas, sí, pero se olvidan de la proporción áurea que hay en un quejío.

El flamenco… ese que si estás triste, lloras. Y si estás alegre, te emocionas. Sirve pa tó.
Y el jazz. Rubem contó cómo se olvida de echar cuentas cuando está “hablando” con sus compáis. Ahí, en ese idioma universal, es feliz. Amor por lo que hace. Y así se siente pleno.
—Toma ya.
Y yo también, solo con imaginar esa conversación.

En los barrios flamencos el mainstream se cuela desde temprano, como en cualquier generación expuesta a lo global. Pero allí lo filtran. Porque, aun sin recursos y con todo en contra, de esos rincones siguen saliendo prodigios.
Gente que escucha desde dentro.

Ya sabes, pa los bajones, a llorar con el Porrina; pa empoderarte, la Paquera de Jerez. Qué suerte tenemos de poder escuchar su música.

Durante la charla de Perico De la Paula con Danta, me quedé pensando en el jazz otra vez.

Cuando Rubem dejó en el aire anécdotas de la fusión, me pregunté cómo se mezcla una conversación de bajo con percusión. Así, a lo bruto. Sin matemáticas ni teoría. Solo chachara de la buena.

Puedo pasarme horas escuchando esas fusiones. A veces no sé si se están vacilando entre ellos, seduciendo a alguien invisible fuera de la conversación… o las dos cosas a la vez. Es un lenguaje que no se explica, solo quienes aprenden a sentirlo al escucharlo pueden entenderlo de verdad. Es un sonido que solo quienes aprenden a sentir como escucharlo lo pueden comprender.
Y bien bonito fue cuando Dantas soltó—y disculpas si no recuerdo el contexto exacto, porque entre disparo y disparo se me escapan detalles— que daba igual chino, japonés o portugués, la música es un idioma. Un idioma que actúa como un puente invisible entre culturas y generaciones, capaz de unir lo que parece distante. No se aprende en manuales, sino escuchando con el cuerpo, leyendo silencios, respondiendo con compás.
Y ahí está su fuerza, cualquiera que se atreva a sentir puede entrar en esa conversación.
La fusión entre jazz y flamenco es paciencia y descaro, es intriga y compañerismo. “Venga, vamos; tú me das, yo te doy.” Todas. ¡Arsa!
Es una manifestación de lo que antes no se podía decir. Una reivindicación. El jazz y el flamenco son arte, pero también memoria. Son lucha y son legado. De los que vinieron antes para que hoy muchas alcancemos ese disfrute.

Estoy convencida de que si el sistema educara más con arte y menos con libros de texto del 2015 (más o menos), hasta los que no quieren estudiar tendrían curiosidad.

El flamenco nace en los barrios pobres, de tocar cuerdas y escuchar sonidos y afinar oido. Taraf de Haidouks, por ejemplo, una orquesta brutal, gitanos criados en chozas de barro… y tocan con una potencia que desarma.
Bueno, que me desvío. O no. Rubem, gracias. Si llego a saber que ibas a hablar de mates, me traigo a mi hijo. Mea culpa.
Hoy he pasado lista. Faltaba gente guapa: Adela, José, Antonio, Susi (mamá de Monty), la profe de inglés cuyo nombre no recuerdo, la del estanco de pelo cano… Ah, sí: Thais. Has faltado hoy.

Blas M. Parejo, presente.
Y cómo no, los fieles de siempre, sin tener por qué, Comercio, presente. Cultura, por supuesto, nunca falla. Y el que siempre la lía, en primera fila, hasta de los botellines de agua estaba pendiente: Holguera. ¡La que liáis!
Y finalizo con Entres dos aguas, y Danta, el puente…
















