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por Chema Álvarez 🖋️


Si hay algo peor que el retraso en la vacunación o la falta de vacunas, eso es la jubilación de Antonio Pizarro Lechón, profesor de Biología y director hasta el día de hoy, 5 de marzo de 2021, del IES Enrique Díez-Canedo de Puebla de la Calzada, Badajoz.

La enseñanza no solo es vocación, sino también compromiso y talento. Antonio Pizarro, Antonio Pi para los amigos y amigas, cuenta con esas tres virtudes.

El Instituto Díez-Canedo no ha pasado nunca desapercibido en el conjunto del sistema educativo extremeño y español. Tan pronto su nombre aparece en prensa para anunciar un nuevo premio a la calidad educativa como para reivindicar una mejora de la enseñanza en la salvaguarda de los derechos de alumnado, familia y profesorado. Todo ello gracias a la labor del conjunto de la comunidad educativa de este instituto, a cuya cabeza y dando la cara, sin pedir nada a cambio, ha estado siempre Antonio Pizarro, sin perderse jamás en el maremágnum burocrático de proyectos y planificaciones que desvían a la enseñanza de su objetivo final, esto es, la formación íntegra del individuo en la sociedad, lo que comúnmente llamamos hacer buenas personas, algo que ha logrado con creces Antonio a lo largo de su carrera como maestro, profesor, pedagogo sin más.

Con la jubilación de Antonio, coração independente, no llega solo su despedida profesional del mundo de la enseñanza, sino que también se adivina el paulatino paso a la dulce memoria que trae bellos recuerdos de sus almas gemelas, a quienes tanto apreciamos algunos, a quienes tanto aprecia, como Manuela Roque y Pepe Melara, amigos inseparables, rebeldes con causa, nunca súbditos de los laureles, para quienes vivir siempre fue un vértigo y no una carrera. Montijo y algún que otro pueblo les debe un merecido homenaje por poner letra y música al paso del tiempo indómito, que se viste de rojo y negro y que va por la vida con la cabeza bien alta, sobre los hombros, tanto encima del escenario como a pie de calle, con los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.

Quienes le conocemos estamos en deuda con él y solo nos queda, tras su paso por la profesión compartida, un resquicio de envidia por la labor bien hecha, guardada en lo más querido de nuestra memoria, devanadera de cabos sueltos, remendona de infinitas piezas.

Siempre formarás, amigo, parte de esa tierra de fuego donde nos uniremos en la lucha final, al vent, la cara al vent, el cor al vent, para leer los versos de tu desterrado Enrique Díez-Canedo:

Nadie podrá desterrarte
de estos continentes
que son carne y tierra tuya:
don sin trueque,
conquista sin despojo,
prenda de vida sin muerte.

Con agradecimiento y admiración: Chema Álvarez.

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